El
Palacio de Ontaneda, que acoge la sede institucional del Centro de Estudios
Históricos del Ferrocarril Español, se encuentra situado
en uno de los bellos parajes del cántabro Valle del Pas y en un extremo
de la población de la que toma su nombre.
La construcción del Palacio tuvo lugar en el siglo XVIII, época en la que fue mandado erigir por el insigne prohombre Francisco de Bustamante y Guerra, hallándose siempre vinculado a tan conocida e ilustre familia de marinos de raigambre cántabra.
José de Bustamante y Guerra, capitán de navío al mando de la corbeta "Atrevida", fue el protagonista, junto a Alejandro Malaspina, que comandaba la "Descubierta", de la célebre expedición científica que llevaba el nombre de este último.
Tan
célebre y singular iniciativa, organizada bajo los auspicios del rey Carlos
III, constituyó uno de los más preciosos trabajos científicos de la época,
dando a España la mayor gloria expedicionaria y científico-naval de todo el
siglo XVIII, al permitir corregir las situaciones geográficas establecidas
hasta entonces por navegantes franceses e ingleses, y levantar mapas de las
costas sudamericanas, pilar básico para la creación del Instituto Hidrográfico
Español.
Cabe
señalar que entre los 102 hombres que componían la dotación de la "Atrevida",
a las órdenes de Bustamante (entre jefes, oficiales, tropas de marina y de
brigadas, artilleros de mar y grumetes), figuraron Cayetano Valdés, quien
en 1812 sería nombrado gobernador, capitán general y jefe político de Cádiz,
formando en 1812 parte de la Regencia durante la incapacidad de Fernando VII,
así como Felipe Bauzá, oficial director de Cartas y Planos, a quien España
debe que se salvaran los fondos cartográficos de la Dirección de Hidrografía,
trasladándolos a Cádiz para que no cayeran en manos del ejército francés.
Además, figuraría también entre la dotación el entonces oficial Dionisio Alcalá
Galiano, que moriría heroicamente años después en la batalla
de Trafalgar.
A través del tiempo y sus vicisitudes, en la segunda mitad del siglo XIX, pasó a quedar vinculada al Palacio la familia Ruiz de Villegas, de rancio abolengo y fuerte vinculación a otros palacios cántabros.
Durante
esa época, el Palacio de Ontaneda recibió en numerosas ocasiones la visita
de la reina Isabel II, quien lo convirtió en una de sus residencias de verano.
Desde ella le resultaba muy cómodo desplazarse a tomar las aguas del balneario
situado en la cercana localidad de Alceda.
La
gestión de todo cuanto tenía que ver con los desplazamientos y estancias reales
tenía lugar a través de la Inspección General de los Reales Palacios y, en
concreto, a través de Fernando Muñoz, duque de Riánsares y de Tarancón, y
esposo de la reina regente Mª Cristina, quien administraba el lugar para
Estanislada Ruiz de Villegas.
Desde aquel entonces hasta el día de hoy, las estancias de Palacio ocupadas por Isabel II en la planta principal son conocidas como "Cuartos reales".
Vinculado posteriormente a las familias Planás y Semprún, el Palacio ha sido objeto durante décadas de un esmerado mantenimiento que ha permitido su conservación hasta el día de hoy en un estado inmejorable.
Después de que la Dirección General de Cultura, por Resolución de 23 de septiembre de 2003, incoara el oportuno expediente, por resolución de 22 de marzo de 2004, y de acuerdo con los artículos 34 de la Ley 11/1998, de 13 de octubre, de Patrimonio Cultural de Cantabria, y 20 del Decreto 22/2001, el "Palacio de Ontaneda" quedaba incluido en el Inventario General del Patrimonio Cultural, como Bien Inventariado.
En
cuanto a las características del Palacio, el cuerpo de la construcción, situado
entre grandes y bellos jardines, se encuentra erigido en el interior de un
terreno de una hectárea de extensión, cercado por un muro de mampostería de
unos tres metros de altura en todo su perímetro.
A
este respecto merece citarse la mención que Pascual Madoz, en su célebre obra
descriptiva escrita entre 1845 y 1850, hace sobre el lugar: "El uno es la
casa morada, o sea palacio de la Sra. viuda de Bustamante y Guerra, situada
entre jardines y a las márgenes del Pas; a su entrada se ve un enverjado de
hierro que da frente a la fachada principal, a cuyo piso se une por una escalera
de piedra labrada que ostenta en su descanso una pequeña glorieta o kiosco
de cristales; con una hermosa fuente de tres caños por los que sale abundante
y buena agua, que recogida en un deposito cuadrilongo sirve para el consumo
y riego de los huertos de la casa; el edificio es de piedra de sillería y
bastante capaz, con las comodidades y circunstancias suficientes para poderle
apellidar casa de recreo; para los actos religiosos tiene en su interior una
regular capilla...".
El acceso a la finca, que cuenta con el elaborado enverjado de hierro citado por Madoz, tiene lugar frente a la fachada principal en el lado Sur. Una vez en el interior del recinto y circundando la construcción principal, se encuentran especies arbóreas centenarias.
La casa se rodea de un íntimo parque habitado por vegetación autóctona característica del Valle del Pas, entre la que destacan robles, tilos, abetos y compactos setos de boj.
En
la zona Norte se abre a una extensa explanada presidida por un estanque central
de piedra rodeado por agrupaciones de especies arbóreas, entre las que se
hallan manzanos, membrillos y perales.
El edificio, construido con piedra granítica sobre cimientos más antiguos, representa un buen ejemplo de la arquitectura neoclásica, por lo que puede calificarse su estructura de robusta y simple, sin obviar la elegancia de los elementos decorativos, escuetos pero escogidos, donde se aprecia una clara intención de simetría con fines ornamentales.
Destacan sus escaleras de piedra labrada de acceso al inmueble. Una de ellas se sitúa en la fachada principal con una fuente de tres caños por los que sale abundante agua que, recogida en un depósito, también de piedra, servía antiguamente para consumo y riego de los huertos de la casa, como explica Madoz. La otra se ubica en la fachada Oeste.
La
construcción consta de planta baja, dos alturas y desván con casetones construidos
con posterioridad, tanto en el alzado principal como en el alzado Este. Los
huecos practicados son adintelados, hallándose rematados con pequeños frisos
y balaustradas de piedra labrada en su parte inferior. Los huecos se repiten
verticalmente en todas las fachadas. La cubierta, a cuatro aguas, es de teja
cerámica árabe.
En su interior, el comedor se halla revestido con artesonado neogótico y mobiliario en el que se observa ya el despunte del modernismo, prevaleciendo en un estado semejante al de hace más de 100 años. Por lo demás, conserva intacta la calidez natural de sus maderas de roble. Hasta la viveza cromática de los tapices que engalanan las paredes y los cortinajes de las ventanas, no parece haber sucumbido a los embates del tiempo. Más aún, con el transcurso de éste parecen haber revalorizado su refinamiento antiguo.
Otra
de las estancias que al día de hoy continúan respirando la decimonónica
atmósfera de la época de Isabel II es la alcoba donde se alojaba personalmente
la reina. Impera en aquélla la sencillez del gusto más refinado, de lo que
da muestra la llamativa cama de estilo Napoleón III, en hierro laqueado en
blanco y oro. Un revestimiento con motivos vegetales en azules, lilas y blancos,
aporta el toque femenino a la habitación.
No cabe duda de que los motivos que llevaban a la reina a retirarse a este tranquilo y saludable rincón cántabro, huyendo de los problemas del día a día y en busca de un ambiente entrañable y familiar, siguen resultando vigentes en la actualidad.